28 de febrero de 2015

DEMOCRACIA Y CORRUPCIÓN


Por: Octavio Díaz García de León.
 @octaviodiazg

Para Estefanía

     En días pasados representantes de siete partidos políticos se retiraron de la sesión del Consejo del Instituto Nacional Electoral (INE) en protesta por haberse quitado del orden del día proyectos de acuerdos referentes a evitar la ejecución de programas sociales con fines electorales y evitar la propaganda gubernamental. Y es que la canalización de recursos ilegales a las campañas políticas es un enorme foco de corrupción y atenta contra la democracia al evitar que haya una contienda electoral justa. ¿Han ayudado la alternancia y la democracia a reducir la corrupción en nuestro país o por el contrario la alimentan más?

     Se ha documentado que los partidos políticos incurren en gastos de campaña más allá de lo que permite la Ley y han recurrido a todo tipo de artimañas para obtenerlos y aplicarlos. Desde los arreglos con la delincuencia organizada hasta sofisticados esquemas de lavado de dinero, pasando por el uso de recursos públicos para favorecer a un partido o sus candidatos. Transitamos de un sistema dominado durante  décadas por un solo partido, a la competencia democrática y la alternancia; pero se heredaron las prácticas que viciaban antes  las campañas electorales: la venta de favores para obtener recursos ilícitos y la compra de votos para ganar elecciones. Ahora lo hacen todos los partidos. 

     Desde que Transparencia Internacional ha venido midiendo la corrupción en todo el mundo a través de su Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) a partir de 1995,  la calificación de México, en una escala de 0 a 100, ha sido  de 33 en promedio con un máximo de 37 y un mínimo de 26.6. En cuanto al lugar que ocupa con el resto de los países está en el percentil 43 en promedio en el mismo periodo.

      En este lapso de tiempo  llegamos a  la alternancia en el gobierno a partir de 1997 cuando el PRI pierde mayoría en el Congreso federal y durante dos sexenios el PAN gana la Presidencia de la República. En términos generales, aunque en el sexenio de Zedillo el promedio de calificación es un poco más bajo y en el sexenio de Peña ligeramente más alto que en los sexenios panistas, la democracia y la alternancia no han tenido efectos para impactar este Índice.

      La calificación de nuestro país es bastante mala. El hecho de que estemos en el percentil 43 no es halagüeño y ciertamente una calificación de 33 sobre 100  habla  de que los problemas de corrupción que enfrenta el país son bastante serios. Es probable que la calificación en este índice se deteriore para cuando se publique el  de 2015 debido a que la corrupción ha llenado los titulares noticiosos en los últimos meses.

    Uno de los grandes retos para nuestro sistema electoral  es que las campañas se han vuelto demasiado caras y que las asignaciones de recursos que obtienen los partidos legalmente, o no les son suficientes, o los partidos no quieren circunscribirse a ellos. Esto les motiva a buscar dinero ilícito con lo que  se abre la puerta a la corrupción ya que cualquier particular que aporta fondos a una campaña, espera recibir un favor a cambio  una vez que el partido o candidato apoyado reciba el cargo al que aspira. Este pago de favores se da en el mejor de los casos con asignaciones directas de obras públicas, asignaciones directas para la adquisición de bienes y servicios  o  mediante licitaciones simuladas en donde el ganador ha sido seleccionado previamente y en el peor de los escenarios, entregando la plaza a los delincuentes como ha ocurrido en Guerrero y Michoacán.

     Otra forma de corrupción ligada con las campañas electorales es la desviación de recursos públicos o el uso de programas de apoyo a la población como instrumentos de coerción o compra del voto. En el sexenio del Presidente Fox, la entonces Fiscal Especializada para la Atención de Delitos Electorales, María de los Ángeles Fromow, ahora Secretaria Técnica del Consejo de Coordinación para Implantar el Sistema de Justicia Penal,  implementó, junto con la Secretaría de la Función Pública, un programa de blindaje electoral  para evitar el uso de recursos públicos para apoyar campañas, tales como usar personal del gobierno, vehículos, y usar los  programas sociales para comprar el voto. Valdría la pena que un programa similar se implementara urgentemente para las próximas elecciones.

     La evidencia muestra que más democracia y la alternancia en el poder no han servido para mejorar la calificación en materia de corrupción. Paradójicamente, cuando un nuevo partido entra a gobernar no se ha llevado a cabo la persecución de actos de corrupción de sus antecesores o bien los resultados han sido muy modestos. Ante la avidez de recursos para las campañas, pareciera que  los partidos han optado por una pasividad que los beneficia, en lugar de un combate frontal a estas prácticas. La aprobación de las reformas constitucionales en materia de combate a la corrupción es un primer paso aunque queda  mucho por hacer. Quizá en esta reforma faltó reforzar el combate a la corrupción derivada de los procesos electorales. Allí el INE también deberá fortalecer sus capacidades en la materia.

     Si queremos que la democracia sobreviva y se abatan los niveles de corrupción asociados a las campañas electorales urge que los esfuerzos anticorrupción se enfoquen también a este tema.  La democracia no ha mejorado los niveles de corrupción,  pero la corrupción sí ha deteriorado a la democracia.
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