Por: Octavio Díaz García de León
Supongamos que su vecino le dice que hay una plaga de cucarachas en su
casa y que ha detectado que vienen de la casa que usted habita. Usted ya había
notado su presencia desde tiempo atrás, pero decidió no fumigar porque
considera que hacerlo podría ser dañino para usted y su familia. Cuando las
cucarachas se vuelven insoportables, las aplasta una por una con un zapato, sin
intentar erradicar realmente el problema.
Su actitud obedece además a una extraña convicción: cree que convivir
con cucarachas es útil para mantener limpia la casa de restos de comida y
sirven para alejar visitas indeseables. Así, nadie querrá acercarse demasiado a
su hogar ni interferir con su vida privada. Su familia, aunque padece la
infestación, guarda silencio. Le teme al jefe de familia y ha aprendido a
convivir resignadamente con sus manías.
El vecino, cansado de la situación, le advierte que, si usted no actúa,
llamará a la policía para fumigar de manera forzosa. Usted responde indignado
que eso sería una invasión intolerable a su propiedad privada y una violación a
sus derechos y los de su familia y que no lo permitirá. Sin embargo, usted no
podrá oponerse a la policía pues aparte de que ellos tienen armas, el vecino
también tiene derecho a impedir que la plaga siga propagándose.
Entonces usted decide colocar letreros defendiendo su “derecho” a vivir
con cucarachas y exigiendo respeto absoluto a su propiedad, sin importar el
daño que la plaga cause al vecindario o incluso a su propia familia.
Pero como la plaga afecta a todos, el interés colectivo termina
imponiéndose. Nadie pretende despojarlo de su casa; lo que buscan es eliminar
aquello que pone en riesgo a todo el entorno. Y si usted insiste en proteger la
infestación mientras protesta por todas partes, llegará un momento en que los
demás concluirán que el problema ya no es solamente sanitario, sino también de falta
juicio e irresponsabilidad suya y probablemente termine en la cárcel o un
manicomio.
El narcotráfico como
plaga
La metáfora resulta aplicable a la relación entre México y Estados
Unidos frente al narcotráfico. La reciente solicitud del gobierno
estadounidense para extraditar al gobernador de Sinaloa, Rocha Moya, al Senador
Insunza y al presidente municipal de Culiacán, los tres en funciones y miembros
destacados de MORENA, además de otros exfuncionarios públicos sinaloenses, por
investigaciones relacionadas con delincuencia organizada, reflejan que Estados
Unidos considera que México no ha podido —o no ha querido— combatir eficazmente
a los grupos criminales que operan desde nuestro territorio.
El mensaje de Washington es claro: el tráfico de drogas, el lavado de
dinero, el trasiego de armas y las redes de corrupción afectan simultáneamente
a ambos países y generan consecuencias económicas, sociales y de seguridad a
escala continental.
La reacción del gobierno mexicano se ha centrado en la defensa de la
soberanía nacional. Sin embargo, invocar la soberanía como argumento mientras
el crimen organizado continúa expandiendo su control territorial, infiltrando
instituciones públicas y diversificando sus actividades hacia la extorsión, el secuestro,
el robo y el homicidio, termina pareciendo más una complicidad que una solución
al problema.
La soberanía y sus
límites
Ningún Estado moderno vive aislado. Menos aún México y Estados Unidos,
cuya relación es una de las más interdependientes del planeta: las remesas
enviadas desde Estados Unidos a México ascendieron en 2025 a 61.8 mil millones
de dólares. El comercio bilateral ronda los 840 mil millones de dólares
anuales, ubicándose entre los más grandes del mundo y millones de familias
mexicanas y estadounidenses dependen de esa relación económica.
Por otra parte, resulta imposible sostener que los problemas de
seguridad de uno no afectan inevitablemente al otro. Se estima que México
exporta droga ilegalmente por 100 mil millones de dólares anuales hacia Estados
Unidos y desde Estados Unidos ingresan ilegalmente cientos de miles de armas de
fuego que fortalecen a las organizaciones criminales. Se trata de un fenómeno
binacional cuya solución difícilmente puede alcanzarse mediante discursos
nacionalistas o descalificaciones mutuas.
Cooperación o
confrontación
Reducir el debate a una supuesta agresión imperialista o a una
conspiración política simplifica en exceso una realidad mucho más compleja.
Estados Unidos no solo persigue a personajes vinculados a MORENA; también
encarceló a Genaro García Luna, quien fue una de las figuras más importantes de
la estrategia de seguridad durante gobiernos anteriores. Lo que busca
Washington no es exclusivamente capturar narcotraficantes, sino desmantelar las
redes de corrupción política, financiera y policial que hacen posible el
funcionamiento de los cárteles.
El gobierno de México haría mejor en construir mecanismos de
cooperación real con Estados Unidos, en lugar de convertir cada señalamiento en
un conflicto diplomático. La alternativa no es entre soberanía o sumisión, sino
entre colaboración inteligente o deterioro progresivo de la relación bilateral.