14 de mayo de 2026

DE NUEVO EN LA LUNA

 

Por: Octavio Díaz García de León


    La misión Artemis II circunnavegó recientemente la Luna. La última presencia humana en nuestro satélite había ocurrido hace 54 años, con la misión Apolo 17. Para quienes atestiguamos aquella etapa de la exploración espacial, parecía entonces que las travesías espaciales se volverían algo cotidiano. Se pensaba que quizá nosotros, pero, con mayor certeza nuestros hijos, veríamos viajes regulares hacia la Luna e incluso hacia otros planetas. La visión de Stanley Kubrick en su película 2001: Una Odisea del Espacio reflejaba ese futuro posible, al tiempo que advertía sobre los riesgos de una inteligencia artificial desquiciada.

 El abandono del programa Apolo

     Sin embargo, ese impulso se detuvo. El fin del programa Apolo no obedeció a una falta de capacidad técnica, sino a la pérdida de su justificación política, económica y estratégica. Las misiones eran muy costosas y, una vez cumplido el objetivo de imponerse en la carrera espacial frente a la Unión Soviética, pasó el interés por seguir enviando humanos a la Luna y el proyecto fue cancelado en 1972.

  El nuevo contexto geopolítico y tecnológico

     Hoy el interés ha resurgido. Por un lado, la competencia geopolítica ha vuelto a colocar al espacio como un ámbito estratégico. Estados Unidos no puede ignorar el avance de otras potencias, particularmente de China, que desarrolla su propio programa lunar. Por otro lado, el surgimiento de empresas privadas ha transformado profundamente la industria. Compañías como SpaceX y Blue Origin han demostrado que es posible reducir de manera significativa los costos mediante la reutilización de cohetes y procesos más eficientes. Esto ha permitido a la NASA modificar su papel: ya no es la única entidad que diseña y construye toda la tecnología, sino que puede adquirir servicios y sistemas desarrollados por el sector privado, disminuyendo riesgos y acelerando la innovación.

 Control estratégico y visión de largo plazo

     No obstante, tampoco resulta aceptable para el gobierno estadounidense dejar en manos de empresas privadas, sobre las cuales no tiene control total, el rumbo de la exploración espacial, ni mucho menos ceder la iniciativa a otra nación. El programa Artemis no busca únicamente repetir las hazañas del pasado, sino sentar las bases para una presencia sostenida en la Luna, con la posibilidad de aprovechar recursos, desarrollar tecnologías de supervivencia fuera de la Tierra y, en el largo plazo, preparar la llegada del ser humano a Marte.

 El dilema del gasto público

     En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum planteó una pregunta pertinente: si recursos de tal magnitud deberían destinarse a la exploración espacial en lugar de utilizarse para mejorar las condiciones de vida de millones de personas en situación de pobreza. Se trata de un dilema que ya se formulaba en los años sesenta durante el programa Apolo. Y es una inquietud legítima. Siempre habrá necesidades urgentes que compitan por el gasto público. Sin embargo, también es cierto que la inversión en exploración espacial ha generado avances tecnológicos, desarrollo industrial, empleos altamente calificados y ventajas estratégicas para los países que la impulsan.

  México puede mejorar su gasto

     Pero si se trata de cuestionar el uso del dinero público, conviene también mirar cómo se utiliza en México. La cancelación del aeropuerto en Texcoco implicó un costo cercano a cinco veces el de la misión Artemis II,  sin traerle ningún beneficio al país, sino solo un enorme daño. La refinería de Dos Bocas ha representado entre cuatro y cinco veces el costo de Artemis II,  siendo que su producción es limitada y sus pérdidas elevadas.  La inversión en el Tren Maya es casi ocho veces el costo del Artemis II y no se espera que sea un proyecto rentable en muchos años. Pemex pierde en un año el equivalente al costo de dos misiones Artemis II. La NASA ha invertido cerca de 90 mil millones de dólares en el programa Artemis, pero la comparación anterior es solo sobre el costo de la misión Artemis II.

     Por otra, la pobreza ha disminuido mediante incrementos al salario mínimo y programas de transferencias sociales, pero estas políticas dependen de la disponibilidad de recursos fiscales y, esto no se logra sin crecimiento económico (llevamos ya 7 años prácticamente sin crecimiento). Además, incrementos salariales por decreto, sin aumentos en productividad,  pueden traducirse en presiones inflacionarias y mayor informalidad. El problema no es cuánto se gasta, sino la eficacia y el sentido de ese gasto.

 Prioridades y futuro

     Es válido preguntarse si la exploración espacial debe ser prioritaria frente a necesidades sociales urgentes. Pero también es indispensable reconocer que los países que lideran la innovación científica y tecnológica son los que aseguran su desarrollo futuro. Quizás, antes de cuestionar si otras naciones deben invertir en llegar a la Luna, valdría la pena preguntarnos si en México estamos utilizando de la mejor manera posible nuestros propios recursos.

PARÁBOLA DE LAS CUCARACHAS Y LA SOBERANÍA

 

Por: Octavio Díaz García de León


     Supongamos que su vecino le dice que hay una plaga de cucarachas en su casa y que ha detectado que vienen de la casa que usted habita. Usted ya había notado su presencia desde tiempo atrás, pero decidió no fumigar porque considera que hacerlo podría ser dañino para usted y su familia. Cuando las cucarachas se vuelven insoportables, las aplasta una por una con un zapato, sin intentar erradicar realmente el problema.

    Su actitud obedece además a una extraña convicción: cree que convivir con cucarachas es útil para mantener limpia la casa de restos de comida y sirven para alejar visitas indeseables. Así, nadie querrá acercarse demasiado a su hogar ni interferir con su vida privada. Su familia, aunque padece la infestación, guarda silencio. Le teme al jefe de familia y ha aprendido a convivir resignadamente con sus manías.

     El vecino, cansado de la situación, le advierte que, si usted no actúa, llamará a la policía para fumigar de manera forzosa. Usted responde indignado que eso sería una invasión intolerable a su propiedad privada y una violación a sus derechos y los de su familia y que no lo permitirá. Sin embargo, usted no podrá oponerse a la policía pues aparte de que ellos tienen armas, el vecino también tiene derecho a impedir que la plaga siga propagándose.

   Entonces usted decide colocar letreros defendiendo su “derecho” a vivir con cucarachas y exigiendo respeto absoluto a su propiedad, sin importar el daño que la plaga cause al vecindario o incluso a su propia familia.

    Pero como la plaga afecta a todos, el interés colectivo termina imponiéndose. Nadie pretende despojarlo de su casa; lo que buscan es eliminar aquello que pone en riesgo a todo el entorno. Y si usted insiste en proteger la infestación mientras protesta por todas partes, llegará un momento en que los demás concluirán que el problema ya no es solamente sanitario, sino también de falta juicio e irresponsabilidad suya y probablemente termine en la cárcel o un manicomio.

 El narcotráfico como plaga

    La metáfora resulta aplicable a la relación entre México y Estados Unidos frente al narcotráfico. La reciente solicitud del gobierno estadounidense para extraditar al gobernador de Sinaloa, Rocha Moya, al Senador Insunza y al presidente municipal de Culiacán, los tres en funciones y miembros destacados de MORENA, además de otros exfuncionarios públicos sinaloenses, por investigaciones relacionadas con delincuencia organizada, reflejan que Estados Unidos considera que México no ha podido —o no ha querido— combatir eficazmente a los grupos criminales que operan desde nuestro territorio.

     El mensaje de Washington es claro: el tráfico de drogas, el lavado de dinero, el trasiego de armas y las redes de corrupción afectan simultáneamente a ambos países y generan consecuencias económicas, sociales y de seguridad a escala continental.

    La reacción del gobierno mexicano se ha centrado en la defensa de la soberanía nacional. Sin embargo, invocar la soberanía como argumento mientras el crimen organizado continúa expandiendo su control territorial, infiltrando instituciones públicas y diversificando sus actividades hacia la extorsión, el secuestro, el robo y el homicidio, termina pareciendo más una complicidad que una solución al problema.

 La soberanía y sus límites

    Ningún Estado moderno vive aislado. Menos aún México y Estados Unidos, cuya relación es una de las más interdependientes del planeta: las remesas enviadas desde Estados Unidos a México ascendieron en 2025 a 61.8 mil millones de dólares. El comercio bilateral ronda los 840 mil millones de dólares anuales, ubicándose entre los más grandes del mundo y millones de familias mexicanas y estadounidenses dependen de esa relación económica.

        Por otra parte, resulta imposible sostener que los problemas de seguridad de uno no afectan inevitablemente al otro. Se estima que México exporta droga ilegalmente por 100 mil millones de dólares anuales hacia Estados Unidos y desde Estados Unidos ingresan ilegalmente cientos de miles de armas de fuego que fortalecen a las organizaciones criminales. Se trata de un fenómeno binacional cuya solución difícilmente puede alcanzarse mediante discursos nacionalistas o descalificaciones mutuas.

 Cooperación o confrontación

    Reducir el debate a una supuesta agresión imperialista o a una conspiración política simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. Estados Unidos no solo persigue a personajes vinculados a MORENA; también encarceló a Genaro García Luna, quien fue una de las figuras más importantes de la estrategia de seguridad durante gobiernos anteriores. Lo que busca Washington no es exclusivamente capturar narcotraficantes, sino desmantelar las redes de corrupción política, financiera y policial que hacen posible el funcionamiento de los cárteles.

     El gobierno de México haría mejor en construir mecanismos de cooperación real con Estados Unidos, en lugar de convertir cada señalamiento en un conflicto diplomático. La alternativa no es entre soberanía o sumisión, sino entre colaboración inteligente o deterioro progresivo de la relación bilateral.