Por: Octavio Díaz García de León
En los países donde existen condiciones para que los emprendedores
prosperen, han surgido empresas tecnológicas de alcance mundial que han
transformado la vida cotidiana de miles de millones de personas, y han sido capaces
de modificar hábitos, formas de comunicación, consumo, trabajo, entretenimiento
y hasta participación política.
Del negocio a la
visión del mundo
Algunos de estos empresarios han adquirido un protagonismo que va mucho
más allá de sus negocios. Elon Musk es quizá el caso más visible. La
adquisición de Twitter, hoy X, le dio un foro de 600 millones de usuarios
activos mensuales a los que comunica diariamente sus ideas. Así, los grandes empresarios tecnológicos ya no son
solo innovadores o inversionistas; algunos se han convertido en actores
ideológicos promoviendo una determinada interpretación del mundo.
Peter Thiel y la
filosofía de la innovación
Un caso interesante es Peter Thiel. Filósofo y abogado formado en
Stanford, cofundador de PayPal y cofundador de Palantir Technologies, Thiel ha
sido uno de los personajes más influyentes y polémicos de Silicon Valley. Thiel sostiene que el progreso tecnológico
radical —especialmente en inteligencia artificial, biotecnología, software,
energía y exploración espacial— es una de las principales vías para revitalizar
a Occidente al que considera estancado por exceso de burocracia, regulación y
conformismo.
Su visión parte de la idea de que la innovación verdaderamente
relevante no consiste en competir dentro de mercados existentes, sino en crear
algo nuevo, dominante y difícil de replicar. Para Thiel, la competencia
excesiva puede ser una forma de imitación destructiva: todos copian a todos,
los márgenes se reducen y la innovación se diluye. Por eso defiende el concepto
de monopolios creativos: empresas que evitan la competencia porque así resuelven
problemas únicos y generan nuevas categorías de valor.
Piensa que unas pocas personas muy talentosas pueden transformar la
historia, por lo que apoya a emprendedores e innovadores disruptivos. Además, se
interesa en el transhumanismo y la longevidad, financiando proyectos orientados
a extender la vida humana y superar límites biológicos mediante tecnología.
René Girard y el deseo
mimético
Una de las mayores influencias intelectuales de Thiel fue René Girard,
filósofo, crítico literario y antropólogo francés que desarrolló buena parte de
su carrera en Stanford. Girard desarrolló la teoría del deseo mimético, según
la cual los seres humanos no desean de manera autónoma, sino que aprenden a
desear imitando los deseos de otros. Esa imitación puede generar rivalidad,
competencia y conflicto.
Girard elaboró también su teoría del chivo expiatorio: las sociedades,
cuando acumulan tensiones internas, tienden a canalizarlas contra individuos o
grupos a los que culpan simbólicamente de sus conflictos. Ese mecanismo permite
restaurar temporalmente el orden, pero lo hace a costa de una víctima.
Thiel trasladó esa filosofía al mundo empresarial y tecnológico. Si el
deseo mimético lleva a las personas y a las empresas a copiarse unas a otras,
entonces la verdadera innovación exige escapar de la imitación. Las compañías
más valiosas no son las que compiten haciendo lo mismo que las demás, sino las
que descubren un espacio propio.
Deconstrucción contra tecnología
creativa
Los críticos del posestructuralismo tales como Girard y Thiel sostienen
que pensadores como Foucault, Derrida y Deleuze propagaron una visión donde
toda verdad, institución o jerarquía se interpreta principalmente como una
construcción de poder que debe ser deconstruida o cuestionada. Esto favorece el
cinismo, la fragmentación social, la política identitaria y una cultura
centrada más en denunciar, deslegitimar o destruir estructuras existentes que
en construir proyectos duraderos.
En contraste, la visión de Girard considera que el verdadero progreso
exige escapar de la imitación destructiva para crear algo genuinamente nuevo y
valioso. De ahí que Thiel interprete a Girard como una filosofía orientada a la
innovación, trascendencia y creación —empresas, tecnología, ciencia,
descubrimientos— mientras que gran parte de la cultura posestructuralista queda
reducida a una crítica permanente, resentimiento y luchas de poder.
El empresario como
actor ideológico
Empresarios como Thiel no solo transforman la vida material de las
personas mediante sus innovaciones; también proponen una visión del mundo. En
México, Ricardo Salinas Pliego lo ha intentado, aunque con un discurso menos sofisticado
intelectualmente: una defensa frontal del capitalismo, la libertad económica y
la crítica a los excesos del gobierno.
Empresas que producen
ideas
La empresa moderna, particularmente la tecnológica, ya no solo produce
bienes y servicios. También produce cultura, símbolos e ideología. Sus
fundadores en algunos casos son líderes de opinión que influyen en debates
sobre libertad, competencia, innovación, regulación, democracia y futuro.
Las grandes empresas tecnológicas no solo compiten por consumidores o
mercados sino por definir qué entendemos por progreso, qué tipo de sociedad
queremos construir y qué papel debe ocupar la iniciativa privada frente al
Estado. En esa disputa, los empresarios se han convertido no solo en creadores
de riqueza sino en intérpretes del futuro.