Por: Octavio Díaz García de León
Preguntarnos por el sentido de la vida puede parecer un lujo cuando
vivimos rodeados de incertidumbre y asuntos urgentes. Sin embargo, la pregunta
no nos es extraña: aparece cuando intentamos decidir a que dedicar nuestro
tiempo, que rumbo darle a nuestra vida y por qué. Responderla puede ayudarnos a
vivir con rumbo, en lugar de dejarnos llevar por la inercia.
Los seres humanos se han preguntado desde la Antigüedad cómo vivir y
qué fines vale la pena perseguir. Ahora la pregunta es ¿cuál es el sentido
de la vida? Durante siglos, muchas personas encontraron respuesta en la
religión, especialmente en la salvación y la vida eterna. A partir de la
Ilustración, esas respuestas dejaron de ser compartidas por todos. La evolución
de la ciencia, la crítica de las creencias heredadas y la secularización
plantearon una inquietud: si el universo no tiene un propósito reconocible, ¿lo
tiene una vida humana?
Literatos como Goethe (1749-1832) y Novalis (1772-1801) se hicieron
esta pregunta por primera vez. Más tarde, Arthur Schopenhauer (1788-1860)
formuló explícitamente la pregunta por el sentido de la vida y contribuyó a
convertirla en un problema filosófico moderno.
Después de Schopenhauer, durante el siglo XIX diversos pensadores como
Nietzsche, Kierkegaard y Tolstoi ofrecieron nuevas respuestas a esta inquietud.
En el siglo XX, Jean-Paul Sartre
(1905-1980) propuso que el ser humano debe asumir la responsabilidad de elegir
su propio proyecto de vida.
Otra respuesta aparece en Moritz Schlick (1882-1936). En su ensayo
sobre el sentido de la vida, publicado en 1927, observó que muchas actividades
se realizan como medios para alcanzar algo más: trabajamos para obtener
ingresos y buscamos ingresos para satisfacer otras necesidades. Si todo lo que
hacemos vale únicamente por un fin posterior, cabe preguntar dónde termina esa
cadena.
Schlick encontró una respuesta en el juego, entendido en un
sentido amplio: una actividad que realizamos también por el gusto de
realizarla. Crear, aprender, conversar o incluso trabajar con entusiasmo pueden
tener ese carácter. Su reflexión nos invita a buscar valor en la experiencia
misma de vivir, además de perseguir metas futuras.
Hoy no existe consenso filosófico sobre qué hace significativa una
vida. Se pueden identificar tres perspectivas en el debate: sobrenaturalistas,
naturalistas y nihilistas. Las primeras vinculan el sentido con una realidad
espiritual, como Dios o el alma. Algunas sostienen que esa realidad es
indispensable; otras, que podría dar a la vida un sentido más profundo sin ser
su única fuente posible.
Preguntarnos por el sentido de la vida no es un ejercicio abstracto ni
un lujo intelectual: es una forma de asumir la responsabilidad de vivir. Las
respuestas filosóficas coinciden en algo esencial: el sentido no aparece por sí
solo, sino que se construye en la manera en que habitamos el mundo. Podemos
encontrarlo en aquello que hacemos por sí mismo, como sugería Schlick; en la
libertad de elegir un proyecto, como proponía Sartre; o en la rebelión que
afirma nuestra dignidad, como expresaba Camus.