Por: Octavio Díaz García de León
Todos hemos experimentado situaciones que nos recuerdan que la realidad
es mucho más compleja de lo que aparenta. A veces tomamos una decisión
convencidos de que producirá un resultado determinado y terminamos enfrentando
consecuencias inesperadas. La vida cotidiana está llena de acontecimientos
donde intervienen múltiples factores, interacciones y el azar. Comprender por
qué ocurren y cómo se relacionan entre sí es una tarea mucho más difícil de lo
que suponemos.
La búsqueda de un
método para comprender la realidad
El pasado 3 de junio falleció en París el filósofo, sociólogo y
antropólogo francés Edgar Morin, uno de los pensadores más influyentes de los
siglos XX y XXI. De origen sefardí, Morin dedicó buena parte de su larga vida
intelectual a desarrollar una forma distinta de comprender la realidad, convencido
de que los enfoques tradicionales fragmentaban el conocimiento y resultaban
insuficientes para explicar el mundo. Su legado más importante consiste en
haber impulsado lo que llamó el “pensamiento complejo”, una propuesta destinada
a entender los fenómenos humanos, sociales y naturales a partir de sus
relaciones e interdependencias.
La muerte como punto
de partida
Ante el fallecimiento
prematuro de su madre cuando él tenía diez años y que le afectó profundamente,
su preocupación filosófica inicial fue la muerte. Morin observó una paradoja
fundamental: el ser humano comparte con todos los seres vivos la certeza de la
muerte, pero es el único que posee plena conciencia de ella. Esta conciencia lo
lleva a construir complejos sistemas religiosos, filosóficos y culturales
destinados a explicar, negar o trascender ese destino inevitable.
El proyecto
intelectual de Edgar Morin
Más tarde, su pensamiento fue evolucionando al ir recurriendo a
disciplinas muy diversas. En su libro autobiográfico Mis demonios, explica
cómo incorporó conocimientos provenientes de la biología, la teoría de la
información, la cibernética, la informática y las ciencias sociales para
construir su obra más ambiciosa: El Método, una serie de seis volúmenes,
considerada uno de los mayores esfuerzos intelectuales del siglo XX, para
elaborar una teoría general del conocimiento que fuera capaz de superar la
fragmentación disciplinaria que provoca la especialización.
Un accidente de
tránsito
La teoría de Morin puede parecer abstracta, pero se aclara cuando se
aplica a situaciones comunes. Imaginemos que una mañana salimos de casa rumbo
al trabajo. Calculamos que llegaremos en treinta minutos, como siempre. Sin
embargo, unas cuadras adelante descubrimos que hubo un accidente. El tránsito
se detiene. Decidimos tomar una ruta diferente, pero cientos de conductores
hacen exactamente lo mismo. Las calles secundarias se congestionan. Finalmente
llegamos tarde a una reunión importante, la reunión se pospone y afecta a otros
proyectos.
Principios para interpretar
la complejidad
Morin propone una
serie de principios que, desde mi punto de vista, están basados en la teoría de
sistemas y nos ayuden a entender esta situación compleja:
El principio sistémico señala que el retraso no puede explicarse
únicamente por el accidente. Intervinieron la infraestructura vial, las
decisiones de cientos de conductores, los horarios laborales, la programación
de los semáforos y muchos otros factores. El resultado surge del sistema
completo y no de un único elemento.
El principio
hologramático sostiene que cada conductor forma parte del embotellamiento,
pero al mismo tiempo el embotellamiento se expresa en cada conductor. La
totalidad está presente en cada una de sus partes.
El principio de
retroalimentación muestra cómo los intentos de evitar el embotellamiento
generan nuevas congestiones. Los efectos regresan sobre las causas y las
transforman.
El principio recursivo
indica que el tráfico modifica las decisiones de las personas y que esas
decisiones vuelven a modificar el tráfico. El producto se convierte a su vez en
productor.
El principio dialógico
revela que orden y desorden coexisten permanentemente. La ciudad cuenta con
reglas, semáforos y sistemas de planeación, pero basta un accidente para
introducir el caos. Ambos elementos son necesarios para comprender lo que
ocurre.
Finalmente, el principio
de incertidumbre recuerda que nadie puede prever con exactitud las
consecuencias de un hecho aparentemente menor. Un accidente puede provocar
apenas unos minutos de retraso o desencadenar una cadena de acontecimientos que
afecte a miles de personas durante todo el día.
Por ello, una explicación simple como “llegué tarde
porque hubo un accidente” resulta insuficiente. La realidad está formada por
redes de relaciones e interacciones que producen consecuencias inesperadas y
difíciles de anticipar.
El legado de Morin
Edgar Morin no resolvió
todos los problemas que plantea la complejidad. Sin embargo, nos invita a
abandonar las explicaciones simplistas y a reconocer que el mundo está formado
por múltiples relaciones, influencias recíprocas e incertidumbres. Su obra nos
recuerda que comprender exige conectar, relacionar y contextualizar.
El mundo intelectual
pierde a uno de sus grandes pensadores, pero su legado seguirá guiando a
quienes buscan comprender una realidad que es mucho más compleja de lo que
parece.
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