Por: Octavio Díaz García de León
El hallazgo de un rancho convertido en campo de entrenamiento y
exterminio, atribuido a uno de los cárteles más poderosos del crimen organizado
y ubicado en Teuchitlán, Jalisco, visibilizó nuevamente el fenómeno de los
desaparecidos, que lleva décadas ocurriendo en México.
Se estima que existen más de 125,000 personas desaparecidas en el país,
de los cuales casi la mitad en los últimos 6 años. Los grupos criminales suprimen
a las víctimas, partiendo de la premisa de que “sin cuerpo, no hay delito”,
llegando así la impunidad en este delito a tasas del 99%.
Son impactantes los testimonios respecto a lo ocurrido en dicho rancho:
reclutamiento forzado, métodos de entrenamiento violentos, rituales
salvajes, formas de disciplina inhumanas
y la facilidad con la que los reclutados eran desechados. Todo ello muestra la
extrema brutalidad del narco en lo que académicos como el Dr. Carlos Alberto
Sánchez, de la Universidad Estatal de San José en California, han denominado
“la cultura del narco”.
En su libro A Sense of Brutality. Philosophy
after narco-culture, Sánchez aborda desde una perspectiva filosófica
el problema de esta brutalidad extrema. El autor propone que, más allá de ser
únicamente un fenómeno criminal, la cultura del narco constituye un nuevo
paradigma de pensamiento y vivencia que desafía las concepciones tradicionales
sobre la moral, la estética y la existencia.
La cultura del narco se manifiesta en todas las facetas de la vida
cultural: en las artes plásticas, la música, la religión, la literatura, el
cine, las series de televisión, los estilos de vida y los códigos de conducta,
acompañada de una violencia extrema. Lo paradójico es que esta cultura es
creada por personas consideradas racionales e incluso inteligentes, lo que puede
resultar incomprensible, vista desde fuera.
A su vez, la sociedad mexicana está profundamente impregnada de la
cultura del narco. Por ejemplo, en plataformas como Netflix predominan las
series sobre narcos, como si ese fuera el reflejo cotidiano de México y los narco
corridos se han ido adueñando del gusto popular.
El narcotráfico es una manifestación extrema de un capitalismo
desenfrenado y un consumismo llevado al límite. Los narcos buscan obtener riqueza
a toda costa para gastar sin restricciones durante su breve carrera
profesional, e incluso tras su muerte, como se evidencia en el panteón Jardines
del Humaya en Culiacán, repleto de mausoleos de figuras del crimen organizado.
Sánchez describe cómo, en contextos de ausencia o debilitamiento del
Estado, el narcotráfico se transforma no solo en una fuente de ingresos y
poder, sino también en un referente cultural que moldea la identidad y el
comportamiento social. La narrativa del sicario o del capo se difunde ampliamente,
y la violencia, en lugar de limitarse a ser un instrumento de represión, se
convierte en un lenguaje simbólico capaz de comunicar mensajes de poder,
resistencia y fortaleza.
El rasgo más oscuro, y a la vez definitorio, de esta cultura es su
brutalidad. Se evidencia en la manera en que se inflige la muerte a las
víctimas: no se ejecuta de forma “funcional” y rápida, sino mediante un
sufrimiento prolongado e inimaginable, que culmina en finales atrozmente
violentos, como decapitaciones y amputaciones.
Quizás este fenómeno de violencia extrema derive de la cultura
castrense, como ilustra Stanley Kubrick en su película Full Metal Jacket, dado que muchos
grupos del crimen organizado han sido formados o reforzados por exmilitares.
Tanto para los militares que entrenan soldados como para los narcos, la
brutalidad funciona para cosificar al ser humano: al convertir a la víctima en
objeto, se deshumaniza. El sicario ya no está matando a otro ser humano como
él, sino deshaciéndose de un pedazo de carne que obstaculiza su negocio.
Para ello establecen métodos para eliminar a las “personas molestas”.
Así nació la especialidad de los “pozoleros”, encargados de disolver los
cuerpos para no dejar huella, aunado a la proliferación de miles de fosas
clandestinas y campos de exterminio equipados con hornos crematorios.
Para el narco, la ejemplaridad y el infundir terror no siempre
constituyen el objetivo principal. Aunque circulen videos en internet que
muestran ejecuciones terribles y, en los noticieros se presenten imágenes de
cuerpos torturados y desmembrados, lo más aterrador y frecuente es la
desaparición de los cuerpos, lo cual añade una dimensión adicional de terror
para los familiares y la sociedad.
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Cuando un fenómeno tan violento rebasa nuestra capacidad de
explicación, es comprensible que los filósofos traten de encontrarle sentido.
Se busca identificar vías para erradicar esta cultura nacida del consumismo y
el capitalismo extremo, facilitada por un Estado débil y una sociedad indiferente
y frecuentemente cómplice.
Figuras como Nayib Bukele han manifestado que “México lo puede hacer”,
haciendo uso, irónicamente, de la misma cultura de brutalidad para combatirla.
Sin embargo, es fundamental que existan caminos más racionales y éticos para
enfrentar esta problemática. Quizás en los planteamientos filosóficos del Dr.
Sánchez podamos encontrar algunas respuestas.