21 de agosto de 2017

¿LOS MILITANTES CUENTAN?

LA SILLA ROTA


Por: Octavio Díaz García de León
Twitter: @octaviodiazg

    Los partidos políticos ya están por elegir a su candidato a la presidencia de la República y junto con él, a centenares de otros candidatos para las siguientes elecciones federales y algunas estatales. En las noticias que surgen sobre este tema, parece que a los militantes (Aquellos que aparecen en las listas de afiliados a algún partido) no se les toma opinión, como si las decisiones de sus líderes no necesitaran aprobación de sus bases. En el México, que tan bien describió Octavio Paz como una pirámide donde el poder se encuentra en la cúspide, esto no es de extrañar.  

    En Estados Unidos, por ejemplo, los dos partidos más grandes, el Demócrata y el Republicano, tienen elecciones primarias donde los militantes son quienes eligen a su candidato. Son tan poderosos que, en el Partido Republicano, fueron capaces de elegir como su candidato a Donald Trump, contra la oposición de los liderazgos de su Partido. Si bien los militantes no siempre toman las mejores decisiones, se trata de un proceso democrático y el triunfo de Trump acabó dándoles la razón. Cualquier otro candidato probablemente hubiera perdido ante Hillary Clinton. Sería un buen ejercicio para la democracia partidista en nuestro país que en la selección que realizan los partidos políticos de sus candidatos, se tomara en cuenta la opinión de los militantes.  

    Tomemos el caso del PRD y el PAN, cuyos dirigentes han propuesto la formación de un frente opositor sin consultar a sus militantes. ¿Por qué es importante esta consulta? Porque las posiciones ideológicas de ambos partidos son antagónicas y la alianza no significa que se sumarían los votos de ambos partidos. El PRD ha impulsado legislación  a favor del aborto, de los matrimonios igualitarios, de la posibilidad de decidir una muerte anticipada, de los derechos de la comunidad LGBT (Lesbio, gay, bisexual o transexual) y otras posiciones que chocan frontalmente con los valores y creencias de un segmento importante del PAN,  apegado a valores tales como considerar que la  familia debe estar formada por un hombre y una mujer, que hace una distinción entre los sexos y le asigna ciertos roles y por el respeto a la vida desde la concepción. Y viceversa, los sectores del PRD, más alejados de estas ideas tradicionales, difícilmente aceptarán una agenda contra el aborto, por ejemplo.

    ¿Por qué a los dirigentes del PAN les pudiera ser atractiva esta alianza? Quizá porque lo que los une con el PRD no es tanto un proyecto de nación o coincidencias ideológicas, sino una agenda política que podría tener dos propósitos: evitar la candidatura de Margarita Zavala al incorporar una fuerza externa al PAN en la decisión de la candidatura y como siguiente objetivo, evitar que AMLO gane las elecciones. ¿Será la receta correcta? Todo indica que se generará división al interior de su partido favoreciendo las aspiraciones de AMLO.

    En cuanto al PRD, podría ser una forma de rescatar votos y posiciones suficientes para evitar su disminución ante MORENA y con algo de suerte, imponer a su candidato, que podría ser Miguel Ángel Mancera, para encabezar la alianza, ante la posible implosión de los candidatos del PAN que se podrían autodestruir en el proceso.

    En MORENA todo es más sencillo. Quien milita en ese partido es porque quiere que Lopez Obrador sea presidente y nadie más. No les interesa que les pregunten por otro posible candidato.  Digamos que son los militantes ideales para este partido en donde lo que cuenta es la voluntad de su líder.  

    En el caso del PRI, lo que pesa no es la militancia, sino los “cuadros” o pequeños liderazgos que son parte de su estructura. “Cuadros” que no aspiran a mucho, porque saben que las posiciones de arriba no son para ellos. Allí, el trabajo de la alta dirigencia consiste más bien en convencer a estos pequeños liderazgos de acatar las decisiones cupulares a cambio de posiciones y prebendas. Una de estas decisiones será la elección de su candidato a la presidencia, decisión que, en este caso, como a lo largo de su historia, muy probablemente la tomará el presidente de la República. La militancia estará atenta a la “línea” que les den sus “cuadros” y actuarán como siempre.

    En el caso del PVEM, el PANAL y los demás partidos, la situación para sus militantes es similar a los partidos donde la militancia no cuenta. Son las dirigencias o los jefes tras bambalinas, quienes toman las decisiones.

      El caso de Pedro Kumamoto, el diputado local independiente por el Estado de Jalisco es una excepción en este panorama de divorcio entre dirigencias y militantes ya que su apoyo viene no de una estructura, ni de “cuadros”, ni de militantes “profesionales”, sino de personas que lo han venido apoyando de manera directa sin formar parte de un partido.  Pero no hay en el horizonte otro caso similar.

    En cuanto a los simpatizantes de los partidos, si ven que el candidato o candidata escogido no les satisface, votarán por el de otro partido o simplemente no votarán y el resultado de las elecciones se determinará por cuestiones que no tienen que ver con la ideología, el proyecto de nación que proponen, ni con quien sea mejor candidato.

      Los partidos no basan su éxito solo en sus militantes, sino en su capacidad para desplegar buenas campañas y esto podría explicar el desdén de algunos dirigentes de partidos hacia sus afiliados. Claro, hay un papel para los militantes que deberán operar algunas estrategias y en algunos partidos su participación es relevante, pero en general, su impacto es limitado. Las elecciones hoy en día y seguramente la de 2018 no será la excepción, se definen mediante campañas profesionales de mercadotecnia en las cuales se busca convencer o manipular al elector para que vote por el candidato que le ofrecen como si se tratara de un producto. Clave para estas campañas es la capacidad de explotar los miedos de los votantes y manipular sus emociones.

     Por ello, el factor determinante para el éxito de un candidato son los recursos que se gastan en las campañas. Con este dinero se ponen en marcha las movilizaciones, la publicidad, las campañas de desprestigio, la compra del voto, el fraude electoral y demás estrategias de mercadotecnia electoral.  

     Además, en el 2018 no hay que descartar factores externos que puedan influir en la elección, como por ejemplo que los rusos decidan intervenir a favor de un candidato; ya demostraron que en Estados Unidos fueron un factor relevante para que ganara Trump. Por su parte, Estados Unidos también podría influir, por ejemplo, gracias a que sus servicios de inteligencia nos tienen bien vigilados, revelando secretos para desprestigiar a algún candidato.  

     Desde luego, hay votantes inteligentes que razonan sus votos, hacen análisis de los candidatos y de sus propuestas, de los partidos y de sus programas y difícilmente se dejan manipular por las campañas. Desafortunadamente es una muy pequeña minoría.  La decisión de la gran mayoría de los votantes estará sujeta a la eficacia de las campañas.

     Ser militante de un partido parece que no tiene muchas ventajas: no se le toma en cuenta, se le utiliza, es difícil que acceda a candidaturas (porque se deciden por designación) y rara vez es factor para determinar el éxito en una elección. Pero sin ellos en sus listas de afiliación, no habría partidos políticos. Por ello, no es raro el desánimo de muchos mexicanos respecto a la política partidista.

     Para que nuestra democracia madure, es necesario que los militantes de los partidos sean tomados en cuenta, participen hasta convertirse en factor de éxito para los partidos y se dependa menos del dinero para las campañas para ganar elecciones. Así también los partidos políticos ganarán credibilidad, hoy en día perdida y la población estará más dispuesta a participar en política, que tanta falta hace.


Las opiniones vertidas en esta columna son exclusivamente a título personal y no representan puntos de vista de ninguna institución.

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