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1 de junio de 2018

QUEDARON A DEBER



Por: Octavio Díaz García de León.


La idea:  Las élites de nuestro país le han quedado a deber a la población. Por ello, no es de extrañar el enojo antisistema que se manifiesta en la actualidad. Ese encono se va a reflejar en las próximas elecciones y lo grave sería que en lugar de que haya voto de castigo, sea de autocastigo.

      Podríamos llamar élites a aquellas personas que tienen la responsabilidad de dirigir a otras o influyen con sus actos e ideas en la sociedad. Cuando las élites que dirigen a un país fallan, la población lo resiente.

     Si bien, predominan los avances que ha tenido nuestro país, hay aspectos en donde existe estancamiento desde hace décadas o fenómenos recientes que no han sido atendidos adecuadamente, como, por ejemplo: la corrupción, la inseguridad, la pobreza y el bajo crecimiento económico.  

    Y aquí es donde las élites no han estado a la altura de las expectativas de la población. Podemos mencionar a las siguientes élites y algunas de sus deficiencias:

   Gobernantes. Los casos escandalosos de corrupción en muchas entidades federativas y en el gobierno federal, han retrasado el progreso del país debido a la cantidad de recursos desviados para beneficio personal.

    De igual forma, ha habido ineficacia para proporcionar seguridad pública a la población. El número de asesinatos está rompiendo todos los récords, pero además el robo, secuestro, extorsión y otros delitos agobian a todos. Recientemente, los robos a ductos de hidrocarburos y asaltos a ferrocarriles han puesto en jaque la viabilidad económica de PEMEX y algunas regiones del país.

    Ocurre también con la situación económica. Después de dos décadas de relativa estabilidad macroeconómica, ahora observamos tasas de inflación que nos hacen recordar a los años noventa, un peso muy devaluado, deuda pública elevada, bajo crecimiento económico, falta de inversión pública y niveles de pobreza que no disminuyen a pesar de tanto gasto público en programas sociales.

    Partidos Políticos. Algunos partidos políticos y sus dirigencias no se han dedicado a servir a la población sino a servirse de ella. En ciertos casos, sus dirigentes han convertido a los partidos en negocios particulares administrados por familiares. Por otra parte, la repartición de puestos públicos en cuotas y cuates, que han propiciado los partidos, ha dañado la eficacia del gobierno.  

    Empresarios. Si bien los empresarios a finales del siglo pasado jugaron un papel clave para transformar un sistema político enfermo, en este siglo se retiraron de la arena pública. Quizá se sintieron cómodos con los gobiernos en turno, ya que pudieron hacer negocios fomentados por la estabilidad económica, la liberalización de la economía y aprovecharon para venderle al gobierno.  Pero dejaron de ser factor de cambio y en algunos casos se volvieron cómplices y beneficiarios de la corrupción.

    Medios de comunicación. Los medios tradicionales no han cambiado y por eso podrían estar en vías de extinción. Los han venido a sustituir las redes sociales de tal forma que los creadores de opinión pública ahora son aquellos que tienen decenas de miles de seguidores. Muchos de estos nuevos líderes son jóvenes disruptores ajenos al grupo de poder.  Desafortunadamente las redes no tienen los autocontroles que tenían los medios tradicionales y dan lugar a que haya noticias falsas, manipulación mediante bots y otras estrategias de desinformación que utilizan todo tipo de interesados.

   Líderes de opinión. Académicos, artistas, escritores, intelectuales y otras personalidades no han querido o podido ser factor de cambio. Hoy no tenemos un Vasconcelos, un Gómez Morín o un Lombardo Toledano, quienes fueron intelectuales de alto nivel y además hombres de acción capaces de competir en la arena política. Los actuales líderes de opinión prefieren quedarse cómodamente en sus trincheras sin pasar a la acción.

    El resultado de las fallas de estos grupos que dirigen en gran medida al país es un gran enojo social. Las fallas que percibe la población de sus dirigentes son amplificadas por redes sociales histéricas. Si bien este descontento probablemente no llegará a la acción, como ocurrió en la “Primavera Árabe” de 2011, el descontento que solo se manifiesta en palabras no deja de ser preocupante, especialmente cuando alimenta al proceso electoral.  

   Sin duda habrá voto de castigo en las próximas elecciones: contra los gobernantes que no han hecho bien su trabajo, contra los partidos políticos que se han alejado de los ciudadanos, contra el “Sistema” que no ha satisfecho todas las expectativas de la población. Lo peor sería que el voto sin razonar se convierta en voto de autocastigo.

    Es tiempo de que se recompongan las élites incorporando a gente nueva con otros valores, diferentes capacidades a los tradicionales, con ganas de crear disrupciones positivas, orientadas hacia el futuro, basadas en nuevas tecnologías y abiertas al mundo. Es tiempo del cambio generacional, que lleguen jóvenes líderes a dirigir al país y los viejos se alejen de las esferas del poder, para que México no siga atado al pasado.  
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4 de mayo de 2018

CAPITALISMO DE COMPADRES



Por: Octavio Díaz García de León


    En días pasados el candidato a la presidencia, López Obrador (AMLO), arremetió contra ciertos empresarios quienes, según él, son una minoría que “tienen confiscadas a las instituciones, tienen secuestrado al gobierno” porque han hecho negocios ilícitos gracias a sus influencias con funcionarios públicos.  

     Más allá de la posible paranoia del candidato que ve conspiraciones de la “mafia del poder” por todas partes, de que no ha entendido que la democracia es debate de ideas y de su discurso populista, hay que reconocer que tiene razón en parte.

     La corrupción es un fenómeno donde intervienen dos actores (queremos  se pueden organizar en redes): un funcionario que se corrompe y un particular, generalmente empresario, que ofrece dinero a cambio de favores. Si bien, no considero que tengan secuestrado al gobierno, lo cierto es que sí hay y siempre ha habido, inclusive en la gestión de AMLO como jefe de gobierno de la CDMX, empresarios que hacen sus negocios a la sombra del poder.

    Ejemplos hay muchos. Entre ellos,  el caso que cita AMLO de la compra inexplicable que hizo PEMEX durante la gestión de Emilio Lozoya Austin, de una planta de fertilizantes en condiciones de chatarra,  la cual costó el doble de los 500 millones de dólares originalmente contemplados y que benefició a sus dueños,  Alonso Ancira (Ya anteriormente perseguido penalmente por la Secretaría de Hacienda por fraude fiscal (https://expansion.mx/negocios/2008/09/17/la-caida-y-el-ascenso-de-alonso-ancira) y Xavier Autrey.

    Incluso la Auditoría Superior de la Federación ya pidió que se castigue a los funcionarios de PEMEX que autorizaron esta compra (https://www.huffingtonpost.com.mx/2018/02/22/asf-pide-sancion-a-funcionarios-de-pemex-por-comprar-planta-llena-de-chatarra-que-costo-el-doble_a_23368698/).

     Otro caso es el de la adquisición de medidores de electricidad por parte de la CFE al Grupo IUSA, del empresario Carlos Peralta, asunto que está siendo investigado por la Comisión Federal de Competencia Económica. Estas adquisiciones han ocurrido por décadas otorgando a IUSA de manera exclusiva contratos de miles de millones de pesos.

    Los casos más frecuentes son los de las constructoras que han sido beneficiadas por contratos del gobierno gracias a sus contactos con funcionarios públicos, a nivel federal, estatal y municipal y donde existe mucha corrupción. (Recordemos el caso de los “moches”).

      Existe una larga historia de empresarios que han hecho sus negocios al amparo del poder, seguramente a cambio de favores. AMLO tiene razón cuando dice que hay que acabar con estos malos empresarios que se dedican a saquear al país, junto con sus cómplices los funcionarios públicos. 

    Pero no solo hay que señalarlos con dedo flamígero, sino realizar investigaciones que permitan comprobar, de haberlos realizado, sus actos ilícitos. Se trata de aplicar investigaciones anticorrupción en un marco de estado de derecho y luego, poner candados eficaces en las contrataciones públicas que eviten la simulación y la adjudicación ilegal de contratos y concesiones en el futuro.

      La inmensa mayoría de los cinco millones de empresarios con los que cuenta el país son honestos y luchan a diario por sacar adelante sus sueños. En ese proceso generan riqueza para ellos, para sus proveedores, para sus clientes, para sus trabajadores y para el gobierno a través de los impuestos que pagan. Los empresarios son quienes mueven la economía, no el gobierno. Es peligroso satanizarlos y poner a todos en un mismo saco.

     Fue preocupante que AMLO insultara a Alejandro Ramírez, presidente de Cinépolis, solo por no compartir sus ideas. Cinépolis es una de las empresas más grandes del mundo en su ramo y prosperó a base de mucho trabajo desde sus modestos inicios en Morelia con un par de cines.  Los seguidores de AMLO, que no alcanzan a distinguir entre empresarios corruptos y empresarios legítimos, pueden pensar que todos los empresarios son malos.

     Lo responsable es perseguir a los empresarios corruptores con la Ley en la mano y no con acusaciones públicas que solo alimentan el enojo de la sociedad. Lo que ya no queda claro es si AMLO intentará ir más allá de sus acusaciones, porque también ha dicho que no mirará para atrás. Que se pueden quedar impunes las fechorías que se cometieron.

     Si esta retórica anti empresarial, sin distingos, continúa, puede ser una justificación para imponer políticas que impidan el desarrollo de la libre empresa, con medidas estatistas que nos regresen al pasado. Esto podría provocar una crisis inmensa en el país. El espectro de Venezuela no será una pesadilla en un mal sueño sino una realidad. Esperemos que predomine la cordura y no se regrese a un pasado que ya probó no funcionarle al país.  


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