Por: Octavio Díaz García de León
La captura y muerte del líder del Cártel Jalisco
Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera, alias “El Mencho”, sacudió al país.
No solo por la relevancia de la noticia al haber eliminado a uno de los lideres
criminales más notorios, sino por la oleada de ataques que siguió a su caída. La
respuesta violenta mostró el alcance del CJNG: su presencia territorial, sus
recursos, su capacidad operativa, su armamento y, sobre todo, el factor
sorpresa con el que logró desbordar a la Guardia Nacional y poner contra las
cuerdas a buena parte de las fuerzas de seguridad. Lo más grave, sin embargo,
fue el saldo humano y social: la pérdida de 28 integrantes de la Guardia
Nacional, decenas de víctimas adicionales, daños considerables a propiedades y
una parálisis temporal de todo tipo de actividades en varios estados.
La
sorpresa y la débil respuesta
Más allá del impacto mediático, el episodio dejó
una lección: el Estado sigue teniendo dificultades para responder con rapidez y
coordinación ante ataques simultáneos en distintos puntos del país. La
logística criminal —bloqueos, agresiones, incendios y hostigamiento directo a
instalaciones— se desplegó con una sincronía que evidenció planeación, mando y
disciplina operativa. Fue una ofensiva diseñada para generar confusión, exhibir
fuerza y, de paso, enviar un mensaje: aun sin su líder, el CJNG conserva capacidad
de hacer daño.
Estados
Unidos: presión creciente
Este golpe no redujo la presión del presidente
Trump. Su primera reacción apuntó a que México “debe hacer más” contra el
narcotráfico, acompañada de su insistencia en una participación más directa de
tropas estadounidenses. Tras el despliegue de poder mostrado por el CJNG, esta propuesta
debería tomarse en cuenta.
Logro
táctico, pero no el fin del CJNG
Sin demeritar el logro de las fuerzas armadas
mexicanas, conviene no confundir un golpe táctico con una victoria estratégica.
La muerte de un líder desorganiza, reconfigura y abre disputas, pero no elimina
el entramado que sostiene a la organización. Mientras permanezcan las
condiciones que dieron origen a esta fuerza narco-militar, esta seguirá
existiendo, quizá bajo nuevos dirigentes, con otro nombre o con nuevas
alianzas, pero con la misma vocación de control territorial y desafío al
Estado.
Causas
estructurales
El fenómeno se explica por los factores que la
alimentan: la enorme demanda de drogas en el país vecino; la facilidad para
contrabandear armas de alto poder; la corrupción de autoridades; la captura de
municipios y gobiernos estatales mediante elecciones financiadas por los
narcos; las complicidades con mandos de seguridad; y el desgaste institucional
que implicó asignar a las fuerzas armadas, desde el sexenio pasado, tareas ajenas a su función principal, que las
distraen, las debilitan y, en algunos casos, las corrompen.
Del
“dejar hacer” a la confrontación
El cambio de enfoque en la estrategia de seguridad
de la presidenta Sheinbaum es relevante. Se ha transitado de una política tolerante
a los criminales, resumida en el lema “Abrazos, no balazos”, que ya tenía 7
años de vigencia, hacia una estrategia de confrontación abierta que tiene
similitudes con la estrategia de Calderón. Con este paso dado, será difícil volver
a esa política de tolerancia con delincuentes. Además, la presión de Estados Unidos vuelve
políticamente inviable reabrir espacios de negociación informal con los
cárteles. Al mismo tiempo, el costo
interno de tolerar la libertad con la que los estos asaltan, extorsiona y
asesinan empieza a erosionar el sustento político de MORENA. Recuperar
territorios ya no es solo una necesidad de seguridad: es una necesidad de
gobernabilidad, y también de supervivencia política.
La
“Guerra de Sheinbaum”
Las repercusiones políticas para la presidenta se
reflejan en la reacción del crimen organizado. Los ataques a instituciones
emblemáticas del sexenio anterior —como el Banco del Bienestar y la Guardia
Nacional— pueden interpretarse como una señal de que hay un rompimiento, aunque haya tratado de suavizarlo permitiendo un sepelio de lujo exorbitante a "El Mencho", protegido por las mismas fuerzas que lo abatieron y a las cuales causó tantas bajas. En paralelo, se percibe un ambiente de alerta
en el gobierno que confirma que podrían esperarse nuevas confrontaciones ya sea entre
las facciones del CJGN para asegurar nuevos liderazgos y/o con las fuerzas
federales.
Estamos quizás ante un punto de quiebre. Podría ser
el inicio de una nueva etapa, con el precio político, institucional y humano
que implica enfrentar al narco para recuperar gobernabilidad y apoyo popular.
Si la confrontación con la delincuencia organizada se sostiene, podría llevar a
la liberación del país de su yugo y la recuperación de la paz. Tal vez este sea
el parteaguas que muchos esperaban del gobierno de la presidenta Sheinbaum, y
quizá con el tiempo, esta decisión de enfrentar al crimen organizado acabe por
conocerse con el nombre de “La Guerra de Sheinbaum”. Pero sin importar
etiquetas, lo perdurable será pasar a la historia como la presidenta que pudo quitar
a los delincuentes el control de buena parte del país.